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Transparencia, comunicación y tecnología

  • Opinión

Cada vez es más importante contar con todo el conocimiento de la organización, de las personas, de nuestro entorno. El acceso a la información gracias a Internet está provocando un cambio fundamental en las relaciones dentro de las empresas, y en la propia sociedad.

Hasta hace relativamente poco tiempo hemos asumido un reparto de tareas y responsabilidades que distinguía el papel de cada persona en dos grandes categorías: los que pensaban (thinkers) y los que ejecutaban (doers).

Durante décadas, en mayor o menor medida, esta relación de responsabilidades se había mantenido con claras fronteras, con muy poca permeabilidad. Aunque durante la segunda mitad del siglo XX se empiezan a resquebrajar esos cimientos, los casos que lo ejemplifican tienen un origen más cultural que tecnológico: Japón y las aportaciones de los empleados en las fábricas de montaje de Toyota, por ejemplo.

Internet da la vuelta al sistema. Igual que en su momento la imprenta abre el conocimiento a todo el mundo frente a un universo cerrado de religiosos y castas enriquecidas, únicas capaces de poder acceder hasta entonces a la cultura, y a sus letras, internet abre el grifo del conocimiento e información a todo el mundo.

Y ese salto inicia un cambio irreversible. Las personas encuentran vías sencillas para el aprendizaje, el talento se descubre con mayor rapidez y precisión, y quien quiere (y no ya quien puede) es capaz de poner en contexto todo el conocimiento al que tiene acceso: ordenadores, portátiles, PDA, teléfonos móviles, tablets… un mundo de dispositivos cada vez más sencillos, potentes y ubicuos.

En este contexto, el aprendizaje también tiene que cambiar y, al menos en lo que se refiere a la tecnología y las organizaciones, las personas tienen mucho más que aportar. En muchas ocasiones, estas personas tienen un interés intrínseco por mejorar las condiciones laborales y sociales que le rodean; un interés mucho mayor que el de aquellas que, al menos profesionalmente, se espera que sean agentes de esa mejora.

Y entonces surge la necesidad de compartir y dar a conocer ese conocimiento y como los thinkers y los doers cada vez se diferencian menos, las jeraquías y organizaciones empiezan a cambiar, y de una pirámide pasamos a una red; y de varios niveles de responsabilidades nos movemos a un esquema variable, dependiente de la situación.

Y mucha gente que está al pie del cañón con clientes o con otras personas descubren cosas que identifican en la Red como algo interesante, y profundizan y toman ideas de manera inmediata de otras personas que, como éstas, tienen los mismos intereses…. Y todo se multiplica y potencia de manera mucho más rápida. El avance se produce a mucha más velocidad; y el vértigo se instala en muchas personas que no son capaces de asumir ese cambio…

Las empresas estamos obligadas a participar de ese cambio, también por dentro. Todo el mundo tiene oportunidad de aportar. De la misma manera que ahora todo el mundo se expone a que el resto sepa ‘criticar’ constructivamente cualquier idea desde su propia perspectiva. Y no es fácil de asumir.

Ahora el aprendizaje ya no se realiza en aulas, en horas prefijadas, durante un momento más o menos largo de tu vida. El aprendizaje, ahora, está en todas partes, en todas las actividades, y en todas las situaciones.

Hace 500 años, Martín Lutero regresó de Roma escandalizado por la relajación moral, las indulgencias, clavó sus 95 tesis en la capilla de Wittemberg, tradujo la Biblia al alemán y, mediante la imprenta, difundió sus ideas a todo el mundo conocido. El mundo cambió a raíz de ello.

Ahora está pasando otra vez. No nos damos cuenta… pero está pasando.

 

Sobre el autor…

Guillermo Montoya Fanegas

Director general de Deiser

 

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